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Hay dos cosas que el hombre no puede elegir, nacer y morir, a las que se agrega un pequeño grupo de incertidumbres, cuándo, dónde y cómo. Lo sobrante en medio de ellas constituye el abanico de posibilidades para existir, nuestro margen de movimiento. La gran mayoría de los nacidos en México no eligió que fuera así. Tenemos expectativas que en otros países no se pueden siquiera imaginar, y al mismo tiempo carencias que algunas naciones sólo conocen a través de libros de historia.Entre muchas otras consecuencias de haber nacido aquí, se puede señalar, salvo algunos casos, la obligación de aprender en la primaria las posteriores a mexicanos al grito de guerra; los mitos republicanos se fijan en la psique, los Niños Héroes, el Pípila y los pulcros caudillos. Poco después, conforme se vuelve importante trabajar y sobrevivir, todo ello se cubre con una capa de indiferencia. En el mejor de los casos sobrevive un recuerdo, estéril y sin contexto, una fórmula que se reitera sin mayor dificultad.
Durante este año el lugar común, el tema fácil, es sin duda el Bicentenario; y comenzamos a sacar del cajón a nuestros indígenas, los hidalgos y zapatas, sacamos del olvido a las minorías que permanecen ocultas 90 años de cada siglo para darles su década de atención. Tal vez, en el último extremo de la fila de los grupos minoritarios del país estén los mexicanos por decisión. Hace 7 años, un 7 de febrero, murió un caso ejemplar de aquellos que, nacidos en otro país, deciden venir al nuestro, vivir y ser mexicanos: Augusto Monterroso.
Guatemalteco nacido en Honduras, está junto a maestros como Juan José Arreola en el reducido grupo de los escultores de páginas perfectas, textos breves, cuando no brevísimos –se recuerda su enigmático Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí– que entretejen diversos niveles semánticos en unas cuantas letras; recibió el Premio Príncipe de Asturias de Letras en 2000. Podía hacer sátira política de una manera tan perspicaz que pasaba inadvertida ante los primitivos aparatos de censura gubernamental o condensar tragedias sociales en una historia de ovejas. E invita a hacer una simple pregunta, ¿por qué México?
Muchas de las virtudes actuales de nuestro país no podrían comprenderse sin el aporte cultural, filosófico y científico de los exiliados por la guerra civil española o las dictaduras militares de Sudamérica. Luis Buñuel, Remedios Varo, José Gaos, Enrique Dussel o el mismo Che Guevara, por dar una muestra reduccionista, eligieron a

En ese tono de soliloquio temeroso de su entorno que Octavio Paz diagnosticó en el Laberinto, ya comenzó el autoanálisis de los centenarios a puerta cerrada, sin el interés de mirarse a través de la mirada de otros. Acostumbrados a defender a nuestros migrantes del norte, a exigir que el vecino les dé lo que no podemos darles, olvidamos a quienes llegan con otro concepto de México. Los antiguos griegos usaban la palabra xeno para designar sin distinción tanto a un extranjero como a un huésped; no hay identidad que se construya sin alteridad.
Otro juego de palabras: huésped, que usamos actualmente, viene del latín hospes; y de ahí también nacen hospedar, la anglosajona host y, claro, host(il). ¿Cómo pasamos del huésped al hostil? En nuestra sociedad "moderna", ¿hay quien, en sus cabales, reciba como huésped en su casa a cualquier desconocido que toque la puerta? (lo cual era una costumbre entre los pueblos civilizados de la antigüedad). Perece que hoy gana la sospecha, el xeno es mirado más como potencial hostil que como un huésped. No se trata de abrir la puerta sin más, en efecto, el peligro es real; en algún momento el camino se torció.
Y así llegamos a las ciudades hostiles de nuestro tiempo (Ciudad Juárez, un botón; y la isonomía inaugurada por los griegos sólo se aplica entre los futbolistas de primera división). El Otro como amenaza, como peligro (el joven, el homosexual, el extranjero). Un poco de esa desesperación creo que habita en la Naked City de John Zorn; el disco no es sólo música, es una época gritando.
Con sus "molotovs autitivos" que acaban de arder a veces en menos de un minuto, Zorn recuerda la brevedad de Monterroso, pero con la angustia de Anton Webern (otro compositor, desde la música clásica o académica, de volátiles piezas oscuras). Es una desesperación apocalíptica; cuando

Tal vez sea una vuelta a la máxima maya: In Lak'ech (yo soy otro tú), una otredad que Occidente (con heraldos como Levinas o Derrida) está re descubriendo después de casi 2 mil años. De cualquier modo, Naked City es un excelente soundtrack para cualquier cosa que se esté quebrando.
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