Irracional en nuestros días parece creer esto, pero los pueblos antiguos, mágicos, intuían algo en la potencia de la palabra y en general en todo sistema de representaciones; el signo, ese puente que se tiende el mundo interno, la mente, el espíritu si se quiere, y el mundo.

Algo así de literalmente mágico me sucede con la Sinfonía no, 3 de Henryk Górecki, titulada en polaco Symfonia pieśni żałosnych (Sinfonía de canciones tristes). Su potencia alegórica es tanta que me da miedo ponerla a veces, sobre todo cuando un sabe de dónde viene la temática de la obra, y de qué tipo de lamentación se están llenando los oídos, el alma entera.
Consta de tres movimientos lentos, el primero, un Sostenuto tranquillo ma cantabille, dura poco menos de media hora, una Soprano en solitario recita un lamento de la Virgen María que data del siglo XV; el segundo, un Tranquillissimo que considero el momento más devastador y hermoso de la obra, repite unas parabras que fueron encontradas en el muro de una cárcel de la Gestapo donde recluían a judíos y polacos, las aplabras fueron escritas por una niña que ruega a la Virgen María para que interceda por ellos; el tercero es un Cantabile-semplice, basado en una canción folklórica que relata cómo una madre busca a su hijo asesinado durante los levantamientos de Silesia (en 1920, cuando dicha región lucha apra separarse de la República de Weimar y unirse a la Segunda República Polaca).
Es mágica, casi necromántica, porque nombra a la muerte y la tristeza encarnada; su fuerza alegórica es tanta que me hacer sentir que al escucharla puedo estar con/in/pro-vocando a la muerte misma, llamando a la potencia más triste que se pueda conocer (ya lo dice Lyotard, después del Holocausto, la muerte no es lo peor que puede pasar).
Musicalmente, cada recurso fortalece el sentido de tristeza, sobre todo con los drones continuos (un efecto monofónico de una nota u acorde que se va repitiendo), que da un efecto de pseadez, de agonía que se prolonga, parece que todos los momentos de amargura en la vida sucedieran así de lento. La sinfonía también representa una transición en la obra de Górecki, entre su inicio en la disonancia y su posterior incursión en la tonalidad.
Me parece catártico en el sentido que Platón entiende el Pharmacon en uno de sus diálogos, algo que es más próximo a la enfermedad que a la salud; para salir de la tristeza qué mejor que una sobredosis de tristeza, cuando un trata de imaginar ese dolor de una madre laméntando la pérdida de un hijo (¡y en qué condiciones!), cualquier amargura dominguera de un amor ficticio parece una tomadura de pelo.
Clic en el cover de la grabación para bajar, gracias a soundsofbeauty por el link:
